Cuando estas lejos mucho tiempo, añora más a tu tierra.
Esa tierra de costumbres y tradiciones, donde hablamos mal, pero con sentimiento. Donde nos
gusta el cante y la guitarra. Donde se escucha de lejos siempre alguien
cantando. Donde el sol es nuestra religión y el mar la oración. Donde la caló,
es nuestra penitencia y los olivos nuestra bandera.
Cuando estas lejos mucho tiempo, te crece la nostalgia de
pasear por la calles estrechas, de esos
barrios de “toa” la vida. Escuchar a los pájaros, el olor de las biznagas y como el rocío de la noche te empapa la ropa.
Estar lejos de tu tierra, te aumenta el gusto por el flamenco, por el baile y
por tocar las palmas. Te hace más soñador y más realista. Estar lejos de tu
tierra, te hace ver el mundo de forma diferente. Un mundo agrio, desconfiado y
peligroso. Y viniendo de una tierra como la mía, que es precisamente lo
contrario, me hace cantar y presumir de mi origen, donde todo eso, es una anécdota.
Donde la alegría es un cante y la amargura una virgen. Donde el hogar es la
calle y los escalones sus sillones. Donde las ventanas son los televisores y en
la escalera se da el telediario. Donde las mititillas es una cantidad. Y “noveeee”!!!
es una exageración. Donde el “óle”, es todo lo bueno y “vaya tela”, es todo lo
malo. Donde las palabras solo tienen el valor, del sentimiento con que se
pronuncia.
Cuando estas lejos mucho tiempo, echa de menos ese pescaito
frito, que no te gustaba de chico. Ese gazpachuelo que era imposible de mezclar
el caldo. Ese melón fresquito, que solo se podía comer en verano, para que luego
sacaran los pijos el jamón con melón. Ese hombre por la calle en su burro con
los higos-chumbo y gritando, “gordo y reondos, niña los tengo gordos y
reondos”. O ese otro tocando malamente todas las escalas musicales, de arriba
abajo y viceversa, de esa armónica, chiquitita de plástico, gritando “el afilaooooo”. Esa es mi tierra.
Un lugar donde paseas por el parque y escuchas de fondo como si fuera una música,
los pasos de las calesas. Donde se mezcla el olor del puerto, con el de los
caballos.
Cuando estas lejos mucho tiempo, al alma se te pone
tristona y las lágrimas te saben a
salitre del mar. Incluso echas de menos esos chinos en la playa, que te hacen
cagarte en “to” y andar como un pato mareao. Cuando te acuerdas del agua tan
fría de la playa, donde metías los pies y era como si te cortasen con
cuchillas. Te saca una sonrisa y piensas, cuanto daría yo por helarme otra vez.
Y recordar también, cuando te quemaba con la arena, te hacia apretar los labios
y buscar rápido un trozo de sombra (aunque fuera pegado a una hamaca), donde
disimular que te achicharraste los pies. Mirando con disimulo al tendido, como
si no te doliera.
Uno sueña con ver el mundo. Con conocer otra gente, otras
culturas, ciudades y países. Y cuanto más conoces, más me doy cuenta, de lo representa
mi ciudad, me hace ver que mi Málaga, es parte de mí. El ser de Málaga no es un
orgullo, es una suerte. Ser Malacitano, es haber nacido en Málaga. Pero ser malagueño
es un sentimiento, conozco algunos, que no nacieron allí. No sé dónde voy a
morir, pero si se, donde nací. Y como dice la ranchera, si muero lejos de ti,
que digan que estoy dormido y que me traigan aquí.
Ahora que estoy lejos, me siento boquerón. Me siento moro,
judío y cristiano, incluso payo y gitano. Me siento trinitario y perchelero.
Andaluz y Español, pero sobre todo me siento “MALAGUEÑO”.
Y que yo no quiero ser, ni el señor Juan, ni patrón, ni
jefe, ni señor licenciado, quiero volver a ser “ER CACHI” que es como me habían apodado.
Que sabe “naide” maestro.

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