domingo, 1 de enero de 2017

Tabues




A medida que pasan los años, me voy dando cuenta de lo equivocado que estamos. Vivimos con demasiados temores. Con demasiadas leyes no escritas. No disfrutamos de la vida en muchas ocasiones por tabúes. No disfrutamos del sexo en muchas ocasiones. No decimos lo que queremos. Todos está mal si no cumplimos ciertas reglas. Podemos desear a otra persona. Podemos desear estar con ella y enamorarnos incluso, y no pasa nada. Pero el tabú es el sexo, es quien marca la traición. Podemos pensar mal del vecino, podemos desear su muerte, pero tenemos que ser respetuoso con ellos. Incluso nos gusta pensar que podemos joder a la gente, pero si somos educados, todo se perdona. La hipocresía está a nuestro alrededor. Dos personas pueden estar junta y desearse, pero no hacen nada, porque está mal. La moralidad nos acompaña en el día a día. En la intimidad todo está permitido, en cambio nos sujeta esas leyes extrañas no escritas. Los tabúes, nos limita a todos. No tener tabúes, no significa no tener principios. Significa gozar de ciertas costumbres corporales. Una de perversiones del ser humano, es castigar lo que más nos gusta.
Es un peligro conversar cuando se tiene que ocultar algo. La sinceridad es un rasgo de mentira, pues la verdadera es peligrosa. La mentira es un engaño, pero a veces la verdad también lo es. Depende de cómo se utilice. Engaño sin sexo, si es honesto. Sexo sin amor, no es honesto. La lealtad, es otra cosa diferente que a menudo confundimos con la infidelidad.
Buscamos el bien, el mal. Buscamos la verdad absoluta, pero no buscamos la razón lógica. La traición está permitida, si no hay fluidos por medio. La estupidez más grande es engañarnos a nosotros mismos, con estas costumbres. Pero también necesitamos mentirnos a nosotros mismos para poder justificar lo injustificable. La sinceridad se muestra como una debilidad, ante la firmeza de la hipocresía.
A veces se mienten continuamente a sí mismos, para convencerse de que es verdad una mentira. A quien distingue el temor del miedo y no sabe distinguir la deslealtad de la infidelidad.
Los que proclaman la verdad son los enemigos, de los que viven de la mentira y a la vez proclaman la razón del bien. Estos siempre se sienten amenazados y toman como violencia la palabra.

Con todo esto, podemos asegurar que no es más honesto el que habla sinceramente, si no el que esconde mejor la mentira. Una buena mentira, atrae más que una verdad. 

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